El coste de cambiar de estrategia constantemente
No hablo de ajustar cuando la situación personal cambia. Hablo de modificar el rumbo porque el mercado ha subido demasiado, porque ha caído, porque ha aparecido una nueva tendencia o porque otra estrategia parece estar funcionando mejor en ese momento.
Hay un error en inversión que rara vez se menciona y que, sin embargo, aparece una y otra vez en la práctica: cambiar de estrategia con demasiada frecuencia.
Desde fuera, estos cambios pueden parecer razonables. Incluso inteligentes. Adaptarse, reaccionar, no quedarse atrás. El problema es que, en muchos casos, no se trata de adaptación, sino de impaciencia.
Una estrategia de inversión no se diseña para un trimestre. Se diseña para un horizonte temporal concreto, con unos objetivos definidos y un nivel de riesgo asumible. Cuando se cambia constantemente, se rompe algo mucho más importante que la rentabilidad puntual: se rompe la coherencia.
El mercado es cíclico. Hay activos que atraviesan fases brillantes y otros que pasan periodos discretos. Si cada vez que una parte de la cartera queda temporalmente por detrás se sustituye por la que mejor lo está haciendo, lo que en realidad se está haciendo es comprar lo que ya ha subido y vender lo que ya ha corregido. Es una dinámica casi automática, pero profundamente perjudicial.
Además, cada cambio implica costes. Algunos visibles, como comisiones o fiscalidad. Otros invisibles, como el desgaste emocional, la pérdida de disciplina o la sensación constante de que nunca se está en el sitio correcto. La búsqueda permanente de la “mejor” estrategia genera inquietud, no estabilidad.
Hay una diferencia importante entre revisar una estrategia y abandonarla. Revisar implica analizar si los fundamentos siguen siendo válidos. Abandonar, en cambio, suele responder a incomodidad o comparación.
En muchos casos, el problema no es que la estrategia esté mal diseñada, sino que no se le ha dado el tiempo suficiente. Queremos resultados estructurales en plazos demasiado cortos. Y cuando no llegan con la rapidez esperada, asumimos que el planteamiento era incorrecto.
Pero la rentabilidad no suele recompensar la velocidad. Suele recompensar la consistencia.
Cambiar constantemente transmite una sensación de control. Parece que estamos haciendo algo, tomando decisiones, optimizando. Sin embargo, muchas veces esa actividad no mejora el resultado; simplemente aumenta la complejidad.
Invertir bien no consiste en encontrar siempre la opción más brillante, sino en mantener una estructura razonable durante el tiempo suficiente para que funcione. La mayoría de estrategias sólidas tienen momentos incómodos. Si se abandonan justo en esos momentos, nunca se llega a ver su potencial real.
Esto no significa que las estrategias deban ser inamovibles. Significa que los cambios deberían responder a criterios estructurales, no a impulsos coyunturales.
El coste de cambiar de estrategia constantemente no suele verse en un gráfico concreto. Se ve en trayectorias fragmentadas, en carteras que nunca terminan de asentarse, en decisiones tomadas más por comparación que por convicción.
En inversión, la disciplina no es rigidez, es coherencia mantenida en el tiempo. Y, en muchos casos, el verdadero progreso no llega cuando encontramos algo nuevo, sino cuando dejamos de cambiar lo que ya tenía sentido.
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